neil armstrong

«Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad». Neil Armstrong resume en una fase una característica notable que subyace en lo más profundo de la naturaleza humana: la incontenible necesidad de explorar y conquistar nuevos horizontes. Para muchos, la llegada del hombre a la luna marcó el inicio de la era espacial, aquella donde el éxito de la especie humana superaría los límites del mundo que lo vio nacer, extendiendo su dominio al resto del Sistema Solar y, por qué no, a las estrellas. Cincuenta años más tarde, el ánimo de conquista parece resurgir ante la aparente cercanía de un antiguo anhelo: colonizar Marte.

Todo parece indicar que es técnicamente posible llegar. El avance de la tecnología espacial, junto con el surgimiento de emprendimientos privados, tales como Space X, Mars One o Blue Origin, permiten a algunos proyectar nuestra llegada nada menos que para la próxima década. Personajes influyentes, como el presidente de Estados Unidos Donald Trump, o el empresario tecnológico Elon Musk, lo han hecho parte de su agenda pública, demostrando abiertamente su apoyo a estas iniciativas.

ROCKET FLIES FOR THE SECOND TIME, NOW FROM LAUNCH COMPLEX 39A SPACEX

Una vez allá, el siguiente paso sería la «terraformación», es decir, adaptar las condiciones ambientales del planeta para hacer factible la vida humana. Las ideas van desde crear un escudo magnético para desviar la radiación ionizante del sol, hasta lanzar bombas nucleares sobre los polos para evaporar gases invernadero quetrasformen la atmósfera y el clima. El objetivo sería, obviamente, crear una colonia humana estable en Marte que sirva de base para la conquista del resto del Sistema Solar. Sin duda un gran libreto para una película de ciencia ficción, pero ¿qué dice la ciencia al respecto?

Desde un punto de vista práctico, al menos, llevar astronautas a Marte no parece indispensable, o ni siquiera necesario. No por nada el programa Apollo fue cancelado luego de seis alunizajes exitosos entre 1969 y 1972, concluyendo así la épica aventura del hombre en la Luna. Pero al costo y riesgos asociados se suma una variable fundamental: una misión tripulada podría acabar con el posible descubrimiento científico más importante de nuestra era. Me refiero a la vida marciana.

Desde los comienzos de la exploración espacial fue evidente la importancia de no contaminar otros mundos con vida terrestre. De existir, los frágiles ecosistemas extraterrestres podrían ser susceptibles y sucumbir ante la acción de microorganismos capaces de sobrevivir a los viajes espaciales. Es por eso que estas misiones deben cumplir con un estricto protocolo de esterilizaciónantes de dejar la Tierra. Del mismo modo, misiones espaciales que retornen a nuestro planeta deben ser esterilizadas para evitar que organismos extraterrestres puedan ocasionar epidemias.

Cada vez son más las evidencias que demuestran la posibilidad de que exista vida en Marte. A la existencia de agua en los polos; los escurrimientos superficiales en cráteres; y la presencia de un lago subterráneo bajo su polo sur; debemos agregar el reciente descubrimiento de emisiones de metano a la atmósfera y de moléculas orgánicas bajo la superficie.

La vida en Marte sería un descubrimiento sin precedentes, que cambiaría para siempre nuestra comprensión de la vida, pudiendo incluso ayudar a responder su origen en el Universo. Este trabajo está siendo realizado exitosamente por sondas no tripuladas, las cuales cuidadosa y progresivamente están revelando las claves necesarias, velando por no alterar las condiciones del planeta y su posible ecosistema. ¡No es necesario entonces explicar el efecto que tendría hacer explotar bombas nucleares en los polos!

Marte es hoy el mejor ejemplo de una tierra prístina e intocada, resultado de miles de millones de años de evolución, y en cuyas entrañas pueden esconderse claves fundamentales de nuestra propia existencia. También es un lugar inhóspito, que no nos invita, y que difícilmente podría albergar la vida terrestre en caso de necesitar escapar de nuestro planeta. Más vale entonces preocuparnos de cuidar la vida en la Tierra y respetar los otros mundos tal y como son, dejando por ahora los viajes espaciales para la ciencia ficción.

Columna por Rolando Dünner, Subdirector del Centro de Astro-Ingeniería de la Pontificia Universidad Católica de Chile en El Mercurio : https://comentarista.emol.com/1211448/9358925/Rolando-Dunner.html